martes, 12 de marzo de 2013

LA GATA SOBRE EL TECLADO. A la venta


Había llegado a pesar de todo. Después de un invierno excesivamente cálido, la primavera había hecho su aparición como un huésped inesperado. Y aquel domingo de principios de mayo, el sol caía a plomo sobre la ciudad aún adormecida a aquellas tempranas horas de la mañana.

Miré a mi alrededor desolada. Lo había ido vendiendo todo: libros, discos, cedés, muñecas de porcelana, móviles primitivos, vasos, cucharas de alpaca, barbies despeinadas y ajados peluches. La casa parecía haber sido víctima de un concienzudo saqueo. Los primeros rayos de sol que entraban por la ventana orientada al este, iluminaban estanterías vacías, repisas despojadas de objetos que habían dejado su esencia en cada rincón. 
No podía dejar de sentir cierta desesperación. Poco quedaba ya en aquella casa de desprotección social situada en el que algún tarado llamó el barrio Ideal. Cogí una figura de porcelana de desconocido origen y unas cuantas piedras de playa pintadas, y lo guardé todo en el carro, junto al anuncio que tan laboriosamente había escrito la noche anterior. 
Cuando salí a la calle apenas había tráfico, el aire era aún fresco y olía a pan recién cocido, como en los pueblos pequeños. Atravesé los Jardines del Real observando cada árbol, cada arbusto, cada rosa. Qué hermoso podía ser todo si teníamos la serenidad para poder devorarlo con los ojos y llevarlo después junto a nuestros mejores recuerdos. Pero no era ese el caso. 
Seguí caminando por la avenida de Blasco Ibáñez buscando la larga sombra de los plátanos, y me detuve un momento en el lugar en el que los putos hijos de ETA acabaron con la vida del profesor Broseta, un hombre bueno. Y mientras seguía caminando arrastrando mi carro de la compra por la acera cuarteada, me pregunté una vez más si la bondad era una buena opción o una estúpida pérdida de tiempo; si la nobleza de carácter era una apuesta segura o una acción desfasada con prima de riesgo. De todas formas, la decisión estaba tomada. 
Cuando llegué al rastro, situado frente al campo del Mestalla y envuelto en una valla conejera, extendí la mesa junto al puesto de Antonio, el gitano. La policía miraba aquí y allá, tratando de encontrar objetos robados, y el publico comenzaba a husmear entre toda aquella basura travestida de antigüedad. Yo saqué del carro la porcelana china y las piedras de playa pintadas de vivos colores. Después, sin dudarlo ni un instante, dejé sobre la mesa el papel que tan laboriosamente había escrito la noche anterior: 
Vendo mi alma.

 Estaba segura de que, más pronto o más tarde, el diablo pasaría por allí.

16 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Fotografías la deseperación y la desolación de un desarraigo vital como es desprenderse de todo lo que es y ha formado parte de nuestro refugio, la casa, la morada, con total naturalidad. Lo haces colocando la imagen en un marco de desencanto y resignación..
    La voluntad de abandonarlo todo, hasta el alma y dejarse llevar..
    ¡Cuantos de nosotros se sentirán como describes, cuántos!

    Me ha emocionado, Gracias Amparo

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  3. Me gusta leerte, Amparo. Son historias muy breves y muy bonitas (Algunas, como ésta, muy amargas).

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  4. Un giro al final, como siempre, que deja la sorpresa rondando en el aire. La idea (vender el alma al diablo) no es nueva, pero sigue estando de actualidad. Parece mentira, qué poco hemos mejorado! (desde luego, si fuera posible, más de uno se lo plantearía muy seriamente...)
    Una preciosidad.

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  5. Como siempre Amparo es una delicia leerte. Me dejo tus relatos para el final de la tarde, y hoy no ha sido menos.
    Una historia de la que imaginaba el final.

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  6. Lo desolador de la historia es que siempre hay algún diablo que, por pura codicia, por saber que puede, está dispuesto a comprar el alma de otro ser humano, y luego tirarla a la basura con prepotencia y desdén.

    Un abrazo!

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  7. Es desolador pero por desgracia creo que reflejas muy bien la desesperación del que lo pierde todo.

    Besos

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  8. Hola Gemelas. En estaépoca de terrible crisis, una se plantea tirarlo todo por la ventana e incluso vender lo más preciado, el alma. Y el diablo puede ser cualquier jefecillo tirano, por ejemplo. Gracias por vuestro comentario.

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  9. Ali Rayes. Desolador, sí, como a veces es la vida misma, que nos invita a resignarnos o a luchar. Mi protagonista se rindió, yo no.

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  10. Gracias comandante, Pues a pesar de los pesares, sigo escribiendo y me gusta encontrarte por aquí. Gracias mecenas.

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  11. Gracias >Emilio. ¿Qué no haríamos, por ejemplo, por nuestros hijos? La desolación del paro nos invita a sacarlo todo a la venta, a seguir luchando a pesar de todo. Yo ncreo que el diablo, al lado de algunos seres humanos, casi parece un angelito.

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  12. Hola Carmen Puzol. ¿Eres quien yo creo que eres? Así me gusta, que me leas al atardecer, cuando el día ya ha pasado como un tornado.

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  13. Hola Ehse. Sí, el diablo puede estar dentro de cualquier ser humano, y en estos tiempos de crisis, algunos son peores que diablos. Gracias por leerme.

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  14. Al quer lo ha perdido todo, realmente ya le importa su alma, porque su alma estaba precisamente en sus cosas. Al que le quitan una casa, no le quitan una casa, le quitan un hogar. Gracias por tu comentario.

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  15. esta última respuesta era para Jara. Saludos.

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