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sábado, 16 de febrero de 2013

FOTO POR TÍ_Mare nostrum: Los latidos de Poseidón



Estar ahí.
Llevarse la cámara a los ojos y buscar, recorrer la superficie del visor, la ventana por la que te asomas al mundo desde tu caja oscura. Al principio, cualquier cosa que miras parece decirte: “Tómame, haz de mí tu foto”. Pero tú sabes que no debes hacerlo, sabes que los instantes que observas siempre luchan por convertirse en eternos gracias a ti y a tu cámara. Sin embargo no es tan sencillo. Debes de ser paciente. Esperar hasta que realmente suceda casi sin darte cuenta, y aprietes a fondo el disparador. No se trata de hacerlo al azar, se trata de hacerlo en el momento preciso. 

El disparo perfecto no lo es por dar en el blanco. El disparo es perfecto cuando lo ejecutas guiado por inexplicables impulsos de tu instinto. De hecho, tu foto no la ves a través del visor de tu cámara, ni siquiera la ves a través de tus ojos. De alguna forma, no piensas en ella. Porque aún no es, porque aún no existe. Tu imagen aflora en tu cabeza antes incluso de tomar la foto. Se conjuga mientras el tiempo pasa a través de tu encuadre. El disparo perfecto no es uno ni único, pero tampoco es frecuente, y sólo puede ser si consigues no pensar en hacerlo.

A veces incluso, ni sabes de manera consciente lo que buscas. Acaso y con suerte, tan sólo vislumbras lo que esperas que sea. Lo intuyes al inicio, cuando la realidad te grita desesperadamente que  hagas la foto. Pero tú conservas la calma, tensas tus sentidos y te esfuerzas por oír lo que apenas te parecen gemidos, porque más allá de esa algarabía de las cosas, sientes que algo, desde lejos, está a punto de llamar tu atención. Y esperas. Y escuchas. Aún sin saber bien qué es...

Estoy en el sitio justo, ni más ni menos que donde quería estar. La arena zarandeada por la ventisca de una fría tarde de Febrero se arremolina a mis pies. Llevo un rato en silencio escuchando los sonidos del mar y del viento. Mirando cómo alborota juguetona la espuma, creando infinitos tocados en lo alto de las olas. Permanezco atento a los impulsos que me hacen tomar fotos. Espero la llamada definitiva, la que me haga realizar el disparo perfecto.

Apunto mi cámara hacia el eterno vaivén del azul. Escucho cómo respira, y cuento los latidos de Poseidón: uno, dos, otra y otra ola, y otra más, suavemente, acomodo mi ritmo al suyo y de pronto, lo oigo…, y tomo la fotografía.