Castillo de Castro, en la Sierra Espadán. (Castellón)
Hoy no voy a escribir. ¿Qué pasa? ¿A quién le molesta? Oye, que hace mucho calor y las ideas se evaporan, que la gente está harta de mis historias de gatos y, además, tengo la cena por hacer y una lavadora por tender. ¿Os parece mal? pues lo siento.
Hoy voy a dejar que escriba mi padre. Ya sé que no he perdido permiso a la administradora del blog, pero estoy segura de que sabrá perdonarme. Mi padre murió hace doce años y dejó escritas algunas cosas, muy pocas. Hoy, por casualidad he encontrado uno de esos pequeños textos. Está fechado el 15 de junio de 1987, pero la historia que cuenta se remonta al 15 de junio de 1938. A él le hubiera gustado verla publicada, así que os dejo con un retazo de unas memorias que nunca llegó a terminar.
15 de junio de 1938. Siete de la tarde.
Estamos en la playa de Cullera, varios paisanos destinados en el batallón de ametralladoras. Esperamos, como todos los días, la llegada de las barcas de pesca que nos suministrarán de pescado fresco para la merienda cena de dicha tarde. A lo lejos distinguimos más mástiles de los habituales. No eran cuatro o cinco barcas las que llegaban como todos los días, sino diez o doce. De momento, aquello era inexplicable, algo pasaba. Tendríamos que esperar la llegada para saber a qué atenernos. Tardaron en llegar un buen rato. A medida que se acercaban a la costa pudimos ver que las barcas venían a tope de gente. Cuando estaban ya casi medio varadas en la arena, empezaron a bajar mujeres, niños, ancianos, todos ellos dando unos gritos alucinantes: ¡los nacionales han cogido Castellón de la Plana! ¡Aquello es un espectáculo dantesco, la gente huye como puede, a pie, a campo través, por mar!. ¡Han entrado en Castellón y las fuerzas republicanas ya no oponen resistencia, no los pueden contener! - gritaba una mujer completamente angustiada., Con sus bardos y sus maletas venían hacia nosotros. ¿Vosotros qué hacéis aquí? - nos decían-. Id a contenerlos - gritaba una joven. Si más pronto lo dice un toque de corneta nos puso a todos sobre aviso. El cornetín de órdenes de nuestro batallón tocaba generala. ¡Al cuartel todos! ¡urgente! nos dijo un oficial que acompañaba al cornetín. Rápidamente nos fuimos al cuartel que estaba junto a la estación del tren. Al llegar a la explanada de la estación ya vimos un convoy de siete u ocho vagones con una locomotora que echaba humo negro y denso, no había duda que estaba haciendo presión, así como que aquel convoy venía a por nosotros. La gente acudía a la estación comentando a voces: ¡se van los soldados! ¡los nacionales han cogido Castellón ¡se van a ver si pueden pararlos!
Diez de la noche. El convoy se pone en marcha. La gente agita los pañuelos en señal de despedida; la gente, emocionada, llora.
Doce de la noche. El convoy está parado en las afueras de la ciudad de Valencia. Hay un silencio sepulcral. Los haces de luz buscan en el cielo a los aviones enemigos, que intentan bombardear la capital. Se oyen unas estampidas. Están bombardeando el puerto. Las bombas caen en el Grao, según comenta un empleado de ferrocarriles que está hablando con varios de nuestros compañeros...
Y hasta aquí. No he encontrado la continuación, pero me ha parecido un testimonio interesante. En el año 38, cuando suceden los hechos, mi padre tenía 18 años y luchaba en la zona que le había tocado. Ese tren que se había detenido en Valencia, les condujo hasta los camiones que les llevaron hasta Lliria, y de ahí al frente. Primera línea. Estuvo en el frente de Espadán donde tuvieron lugar terribles combates, entre ellos la batalla del Castillo de Castro que se cobró numerosas víctimas Pero, afortunadamente, pudo contarlo y escribirlo. Así que disculpadme por haberle dejado hoy este espacio a él. Sin duda, lo que escribimos nos sobrevivirá y, de alguna forma, nos hará eternos, y no sólo a nosotros sino también a nuestros recuerdos.

