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sábado, 22 de junio de 2013

FOTO POR TÍ_Estampado natural



Si los pobres insectos elaboraran sus propias estadísticas de “accidentes en carretera”... Pobrecillos, no quiero ni pensar en la cantidad de viudas y huérfanos con los que empezarían sus lunes.
Este es el resultado de uno de los desgraciados atropellos, bueno, de uno no…: De dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nuev…

Hace unos años, bastantes ya, tuve yo un coche bien distinto al que he conducido en este pasado viaje. Era un coche grande comprado ante la conveniencia de que contara con un gran maletero. Grande era hasta el punto de que el carro que usaba el bebé que lo trajo bajo el brazo, al coche, no al carro, el carro digo, cabía de pie y sin plegar. Era un TT, un “Todo Terreno” japonés de malsonante nombre. Fue una compra ventajosa aquel Mitsubishi de segunda mano, o tercera, importado de Alemania para más señas, traído a golpe de pedal, que así vino rodando desde aquellas carreteras teutonas. Recuerdo que pese a su consumo no demasiado comedido y a su triste final, fue un coche que mi familia y yo disfrutamos ampliamente durante bastantes años y que pasó a mejor vida tras una importante avería cuya reparación nos resultaría de presupuesto inalcanzable. Lo recuerdo con mucho cariño. Ostentaba aquel vehículo un intimidante parachoques, “mataperros” lo llaman en el argot los que usan cuatro por cuatros, que es otra forma de nombrar a  los TTs. La parrilla delantera, enorme, y aquel conjunto de tubos de hierro pintados de negro mate se llenaban en cada viaje por carretera de cadáveres de esos pequeños artrópodos alados, la mayoría sin duda no demasiado gratos para nosotros, todo hay que decirlo: mosquitos, avispas, moscas y tábanos… No obstante, otros de mejor fama caían también: abejas, mariposas, y bastante polillas, como la de la foto, sobre todo cuando el viaje era nocturno.
Un día tuve los suficientes cables pelados en mi cabeza como para, con un par, de horas por delante, dedicarme a contar aquella carnicería. Bueno, mucha carne no había, desde luego. He de reconocer que no acabé la macabra cuenta, y que pasada la mitad del recorrido longitudinal del frontal de aquel coche, y ya cayendo yo en el conteo por aproximación, dejé la cifra en unos escalofriantes quinientos setenta y ocho individuos (por decir un algo, aunque por ahí estaría...), y ahí paré de contar mosquitillos de todos los tamaños y colores, salpicones de sangre chupada a los humanos y también de liquidillos verdosos y amarillentos, de esos que corren por el interior de los insectos, alitas de todos los tamaños y formas, patitas y pedazos de patitas, y un largo etcétera de restos de aquellas pobres víctimas de mi viaje.

Hoy, al agacharme ante el cochecillo prestado que nos ha llevado hace unos días de viaje, he reparado en esta pobre polilla. RIP por ella. La verdad, no la vi cuando se cruzó en la carretera.