La mañana vibraba brillante, el sol irradiando
toda su energía evaporaba deprisa el agua de los charcos. La reina no puso
uno, sino multitud de aquellos extraños huevos. Eran diferentes a los que
habitualmente salían de sus entrañas, y por alguna desconocida razón, distintos
eran los seres que surgieron de ellos. ¡Tenían alas!
Subía
la temperatura, tanto que de golpe, la boca de la colonia se llenó de decenas,
centenares de individuos. Se esparcían por doquier. Primero, con tímidos y cortos pasos. Después con altanería, orgullosos poseedores de algo que los distinguía de
aquellos que, indiferentes a sus ostentosos apéndices, continuaban la eterna
labor de explorar, aprovisionar, defender y mantener. Ellos, apremiados por ancestrales
impulsos, se alejaban urgidos de encontrar el espacio suficiente para el
despegue, y más aún si cabe ante la ofensiva indiferencia de sus ápteros
hermanos.
Su misión era otra. Habían nacido para la
pasión. Para amar y ser amantes. Unas y otros, ellos y
ellas, surgiendo de aquí y de allá, volaban todos hacia el azul límpido de la mañana.
Los dos se encontraron a la altura de la sexta rama
del noveno árbol de un cercano bosquecillo. Una mirada fue suficiente, y se
supieron hechos el uno para la otra, ella para él. Todo ocurrió rápido. Sin
saber en qué momento, acompasaron el batir de sus alas. Ella, mayor, volaba
debajo, vigilando él la justa distancia en su vuelo. La brisa y el sol bañaban
sus cuerpos de azabache, los reflejos irisados de sus alas deslumbraban aquí y
allá a parientes y vecinos. El deseo volaba junto a ellos inundando la estela
de su vuelo de ardientes promesas. Abajo, la pradera se calentaba bajo
el implacable sol matinal, esparciéndose por todas partes los aromas de su pasión. Volaban muy próximos, hasta tocarse, juntaban sus cuerpos un
instante, y otro, una, otra, otra vez…
Los escarabajos detenían su mordisqueo al
sentirlos pasar. Las mariposas se apartaban azoradas y murmuraban sobre su
descaro. Su lujuria no pasaba desapercibida ni siquiera a los grillos,
que saltaban enajenados, excitados a su paso, para acto seguido redoblar la intensidad de
su canto. Incluso una mariquita alocada cayó de bruces desde lo alto del
tallo al que subía queriéndolos ver pasar. Tuvo suerte, no perdió ninguno de sus siete puntos.
El frenesí era incontenible. Mas sellando estaban su idilio cuando de pronto, al pasar sobre una pila, a la puerta de la ermita, en lo alto del monte, una traicionera ráfaga de viento los arrojó de golpe a la dura superficie del agua cristalina que contenía. Quedaron flotando y a la deriva, aturdidos y asustados. Ella le gritó que partiera, que salvara su vida, que apoyara sus patas en su cuerpo para poder tomar el necesario impulso y salir de aquella trampa mortal. Él en cambio se aferró a su amada y juró que no la abandonaría nunca. Los breves instantes de su vida en los que gozó junto a ella del sol y de la brisa, de la sensación de nacer con una meta, entregarse a la pasión y perpetuar su especie, esos instantes eran superiores a su instinto de vivir y en aquellos momentos postreros, decidió abrazarla con todas sus fuerzas mientras dejó que el amor decidiera esta vez: -contigo hasta el fin- musitó, mientras la vida se les iba, despacio, lentamente, hacia el fondo de la charca.
El frenesí era incontenible. Mas sellando estaban su idilio cuando de pronto, al pasar sobre una pila, a la puerta de la ermita, en lo alto del monte, una traicionera ráfaga de viento los arrojó de golpe a la dura superficie del agua cristalina que contenía. Quedaron flotando y a la deriva, aturdidos y asustados. Ella le gritó que partiera, que salvara su vida, que apoyara sus patas en su cuerpo para poder tomar el necesario impulso y salir de aquella trampa mortal. Él en cambio se aferró a su amada y juró que no la abandonaría nunca. Los breves instantes de su vida en los que gozó junto a ella del sol y de la brisa, de la sensación de nacer con una meta, entregarse a la pasión y perpetuar su especie, esos instantes eran superiores a su instinto de vivir y en aquellos momentos postreros, decidió abrazarla con todas sus fuerzas mientras dejó que el amor decidiera esta vez: -contigo hasta el fin- musitó, mientras la vida se les iba, despacio, lentamente, hacia el fondo de la charca.
Y así fue que ahogaron su deseo recién
estrenado aquella hermosa mañana, bajo el tórrido sol de verano, sobre la superficie verde esmeralda del aguadero, a la puerta de la ermita, en lo alto de aquel monte.
Dedicado a mi compañera. También a mi hermano. Cada uno en lo suyo, inspiradores de este relato. Ella, de la sensualidad, la locura y la pasión que destila. Él, de sus personajes, la ambientación y los sucesos que me sirven de argumentario. Con toda mi admiración para él, con todo mi amor para ella.
