Eso debió pensar Diego, el marido de mi amiga Tere, cuando llegó a casa con su nuevo coche 4x4, enorme, potente, ocupando casi las dos plazas de garaje que tenían para sus dos coches. Una finca de los años 70 pensada y dimensionada para los usos de antaño, que ofrecían además garaje junto con la vivienda, ¡pero qué plazas!, pensadas para los utilitarios de aquella época. Tere estaba absolutamente indignada, porque su coche tenía que dormir fuera en la calle. Se imponía una solución drástica, mudarse a un adosado en las afueras de la ciudad donde dispondrían de más metros de casa y mayor espacio para sus coches, rodeados de un terrenito para su disfrute y suficiente para su aislamiento de los vecinos, su pequeño feudo.
Podría ser un ejemplo de como el urbanismo se convirtió en una ocupación extensiva del espacio y una dependencia de los vehículos a motor privados. Ciertamente se ha sobrealimentado nuestro ego que sufre de sobrepeso, en algunos casos de obesidad, y además, nuestro espíritu de conquista, de dominio del territorio ha llegado a ser avasallador. Las viviendas se habían convertido en fincas tumbadas en amplias urbanizaciones y los caminos transformados en amplias autovías y ensanchados como gordas hiedras que invaden el campo, que además crecían siguiendo el patrón de a más vehículos, necesidad de más carreteras y al ritmo que estas crecían, estimulaban el aumento del uso de vehículos y su parque.
Los que hemos resistido en la ciudad, en esas casas dispuestas en colmena, que educaba nuestro sentido gregario, espoleaba nuestra convivencia en la comunidad de vecinos y agudizaba nuestro ingenio para movernos por sus calles, la hemos visto transformarse y saber revalorizar su vida, su historia y sus servicios.
Carlos, el hermano de Diego, es un urbanita hasta la médula, vive en una finca antigua rehabilitada y aparca su coche en el parking municipal comunitario arrendado a buen precio por 50 años. Se mueve por la ciudad con su bicicleta, siendo uno más que revindica un espacio para compartir con los coches y disfruta de una enorme zona verde que discurre por el cauce del rio que cruza su ciudad. Las aceras ampliadas invitan a caminar cómodamente y a facilitar a sus hijos el camino al colegio que se encuentra a la vuelta de la esquina y convivir con sus amigos del barrio. Con ese mismo espíritu gregario, Pilar, su mujer, se mueve con el metro y ahorra espacio y atascos con el autobús.
Esos pequeños seres, los peatones y los silenciosos y sufridos ciclistas han conseguido reconquistar su espacio, negado tiempo atrás por esas bestias negras que invadían la ciudad y la embrutecían.
Ciudadanos activos, que aprenden de su ciudad, que gustan de ese contacto directo que activa su vida. Es fácil dejarse arrastrar por la comodidad del motor, pero es más gratificante oxigenar nuestros músculos y activar nuestra mente, estar despiertos.
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Queridos Calados y Lectores, ¿con qué estilo de vida urbanita os veis partidarios? ¿Os sentís invadidos por algún insensible grandote?
Las Gemelas del Sur.
