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sábado, 2 de marzo de 2013

FOTO POR TÍ_Lluvia de meteoros



Llueve afuera. Frio en la calle. El invierno en la ciudad era templado, pero el clima hace años que perdió el norte, no porque llueva hoy, sino porque cae la lluvia y ya era hora, pero el viento arrecia, y esto no es el Caribe en temporada de ciclones. Las gotas de agua golpean con fuerza los cristales que desgraciadamente limpié hace pocos días. Mientras escucho la radio me preparo sin pensar algo para comer. La mañana es larga, y si no voy a salir, vale la pena consumir un poco de tiempo preparando un pequeño tentempié que llevarme a la boca. El tiempo pasa más rápido.

Es el mismo de todas las mañanas, soy animal de costumbres. Un café con leche, con sus dos cucharillas de azúcar y sólo una de café soluble marca blanca, que estamos en paro. El ratio 2:1 va bien para casi todo. Lo digo por el azúcar y el café. Lo acompaño de dos rebanadas de pan tostado. Otra vez: 2 tostadas, 1 café con leche. Ya lo dije antes. No es que tueste el pan, es que lo saco tostado de su paquete. Se me está acabando el bote de mermelada de naranja amarga. La verdad es que me gusta, encuentro la combinación realmente interesante. Además, me recuerda a algo de mi pasado, qué se yo a qué me recuerda, pero es pasado seguro, y seguro que era un tiempo mejor. Sí, sí que lo fue sin duda. Tal vez por eso he vuelto a recuperar ese sabor de la mermelada de naranja amarga. Porque al mismo tiempo recupero un dulce recuerdo.

Su aspereza contrasta con la suavidad de la leche azucarada y hace que los sabores mezclados en el vaso se equilibren. Siempre se me rompen las tostadas al untar la mermelada. No sé si será porque también son de marca blanca. Y siempre acabo pringando con el cuchillo de untar el banco de la cocina. Lo limpio antes de empezar a saborearlo todo. Por extraño que parezca y en algún sentido, me sabe mejor que si el banco aún está pringoso.

El viento hace que en la ventana del cuarto, las ramas de un árbol golpeen de tanto en cuanto contra sus cristales. Hace tiempo que vengo pensando que está demasiado cerca de la fachada. Me disgusta. En verano, atrae insectos que entran en casa a través de la ventana abierta de par en par. Alguno de esos golpes me hace creer que algo ha caído, y voy a ver qué es. Falsa alarma. Así que ya que he hecho una pausa en mi desayuno y estoy aquí, aprovecho y cojo la cámara. Vuelvo ante mi café con leche a medio tomar y saboreo los últimos bocados de la última tostada, apuro el vaso y mientras tanto voy pensando en cómo haré esta foto. Tengo clara una cosa: lo que veo me gusta y me hace pensar y observar cómo es la vida, cómo es el tiempo, el de las nubes y el que pasa. Cómo algo tan pequeño, insignificante y delicado como una gota de agua, cae con esa vehemencia, con ese inexorable destino que es estamparse contra algo, y cómo con ese comportamiento kamikaze y brutal, forman un microcosmos de pequeños planetoides lenticulares, preñados de imágenes del mundo que los envuelve. Mientras, continúa al fondo la incesante arrivada de alocados meteoros en trayectoria de impacto inminente. Contra mis cristales limpios, es lo malo. Creo que merece la pena y tras el refrigerio, tomo la decisión de dedicar algo de tiempo, otro poco, a encontrar la manera de no olvidar nada de todo eso. También la manera de que lo veáis vosotros.

Será incluso para mí, una forma de volver a verlo cuando deje de llover. Mañana. Pasado mañana. 
Cualquier otro día en que espero luzca el sol.