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lunes, 24 de noviembre de 2014

LA GATA SOBRE EL TECLADO. Si tú me dices ven.


Es curioso, pero si tu me dices ven, no dejo nada, posiblemente ni la incómoda silla sobre la que estoy sentada. Si tu me dices ven, correré en dirección contraria, hacia el ocaso de un sol hastiado. Si te atreves a ofrecerme tus momentos más ocultos, te diré que yo no oculto nada y  que tus secretos me importan menos que la liga sudafricana. 

Si tu me dices ven, vas a quedar esperando bajo la calima más asfixiante. Nada va a cambiar y no habrá más felicidad porque yo ya la tengo toda. Si tu me dices ven, vas aviado. 

Indecisiones - dices-, ya no las siento, porque estoy decidida a vivir mi vida con aplomo, para unir mi alma con aquellas almas de los que amo, para estrechar mi corazón con el de aquellos cuyo corazón late por mi.

No te atrevas a llorar conmigo, ni por asomo,  no quiero sucias lágrimas sobre mi blusa nueva. Si quieres la salvación búscala en otra parte, al precio que te pongan los predicadores de cualquier especie para salvar tu alma. 

Porque si tu me dices ven, no dejo nada. Ni se me va a hacer tarde para nada,  ni mucho menos me voy a encontrar perdida en la calle, sin rumbo y en el lodo. Si tu me dices ven, húndete en ese fango que auguras para mí, hasta que te llegue al cuello y te impida respirar. 

Si tu me dices ven, no dejo nada, ni siquiera la incómoda silla sobre la que estoy sentada. 

Has llegado tarde, muy tarde. 


(Basado en la letra de la canción Si tu me dices ven de Los Panchos). 







lunes, 11 de noviembre de 2013

LA GATA SOBRE EL TECLADO. El anillo


- ¡Te he dicho que me des el anillo!.
- Ni loca. Los regalos no se devuelven.
El mar se tragaba de un gran bocado los gritos que ellos daban en la orilla, salpicados los pies por la espuma, mojando el borde del vestido de ella. 
-¡ Déjame en paz!
- Cuando me des el anillo. 
- No lo haré.
El miró hacia el mar, oscuro, profundo, ruidoso.
-¡ Si no hay compromiso, no hay anillo! -gritó enfurecido-
- Pues no te lo pienso devolver. 

Se despertó con el corazón acelerado y miró hacia la ventana. Era aún de noche pero grandes y algodonosas nubes blancas pasaban a toda velocidad. Parecían tener luz propia. Se incorporó y consultó la hora en el móvil. Todavía no eran las siete. Debía darse prisa. Tenía que llegar a la playa y encontrar el anillo antes de que lo hallara algún imbécil de esos que solían pasearse con su  juguete detector de metales. Se pasó la mano por la frente para limpiarse el sudor que manaba como de una fuente inagotable. Nunca debía haberle regalado aquel anillo. Oro blanco y una gran esmeralda incrustada. No se lo merecía la muy... Pero probablemente aún estaba allí, enterrado en la arena, en algún lugar de aquella playa que se perdía en el horizonte. Escondió la cabeza entre las manos. como si quisiera comprimirla como un limón maduro. Debía recordar, recordar. Se habían tomado una copa en... ¿ o habían sido dos? ¿o tres? Los recuerdos se mezclaban en su mente resacosa como olivas danzando en un Martini muy frío. Amanecía.

Sin cambiarse de ropa, sin ducharse, hecho unos zorros, salió a la calle. La casi ausencia de tráfico delataba que era sábado. Una mujer barría la acera frente a su casa. Un anciano paseaba a su chucho. En la frutería de la esquina, los pakistaníes descargaban la fruta. Cruzó la calle mientras se quitaba aquel impertinente mechón de pelo que le caía sobre la frente. Atravesó el paseo marítimo y se dirigió  hacia la arena. El amanecer era épico pero él ni siquiera se apercibió. Le costaba respirar. Le costaba aún más caminar. Miró hacia el mar, todavía dormido, apaciguado en la amanecida. Volvió la vista atrás. Sólo recordaba que estaban a la altura de La Marcelina, que ella le había gritado como una loca, que él le había pedido el anillo desesperadamente. Si no había ya amor, no podía haber anillo, le había dicho a gritos. Avanzó hacia la orilla con dificultad. Sentía un regusto agrío a la altura de la garganta y le escocían los ojos como si en ellos hubiera entrado toda el agua del mar. Oro y esmeraldas. Sí alguien lo encontraba antes que él, era más que probable que no lo llevara a la oficina de objetos perdidos. Y si lo llevaba es que era un imbécil. Aquello era aún peor que buscar una aguja en un pajar. Y además ¿quién buscaría una aguja en un pajar? Otro imbécil. Jadeaba, sentía latir su corazón como si quisiera salírsele del pecho. ¿Cuánto le había costado el maldito anillo? no quería ni pensarlo. Probablemente estaría pagándolo a plazos el resto de su vida. ¿Y todo para qué? para que ella le hubiese puesto los cuernos bien puestos con aquel jefecillo remilgado de tres al cuarto. Tragó saliva para aliviar la tensión pero sólo consiguió atragantarse. A un par de metros encontró la arena revuelta. El corazón le hizo una pirueta. Alguien había encontrado el anillo antes que él. Se sintió mareado, ansioso, asqueado. El sol iluminaba ya directamente sus ojos legañosos. Hincó sus rodillas en la arena y escarbó como un perro en busca de su hueso. No podía creerlo. Allí estaba aún el anillo de oro y esmeraldas, brillando con las primeras luces del amanecer. De pronto, su gesto se torció. El dedo de ella se había hinchado tanto que tendría que cortarlo para poder recuperar su anillo. No le tembló la mano al hacerlo. Después de todo, ya no podía gritar. 




lunes, 25 de marzo de 2013

35 MILÍMETROS: "RUPTURAS DELICIOSAS"


Rupturas deliciosas  de Frank Morales y Amanda Gil.

Fue finalista en la pasada décima edición de Notodofilomest, pero su trayectoria no había hecho más que empezar. Ahora, tras recorrerse más de treinta festivales de todo el mundo, “Rupturas deliciosas” ha sido uno de los diez cortos finalistas preseleccionados por la Academia de Cine al  MEJOR CORTOMETRAJE DE ANIMACIÓN ESPAÑOL

Es una  metáfora sobre el desamor.  "Mike, que está destrozado tras ser abandonado por su novia, necesita deshacerse de un bicho verde que le está comiendo lo que le queda de corazón…Mike debe sobreponerse y lidiar con un monstruo que devora los últimos restos de su pobre corazón....."

Dentro de la categoria de Comedia-romance, este corto, en tan solo un minuto y cuarenta y cinco segundos, nos muestra una encantadora y personalísima animación, con broche final de sonrisa.

Delicious breakups from Frank Morales on Vimeo.

¡Os pedimos una  abierta sonrisa para empezar la semana!