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jueves, 7 de marzo de 2013

CONDUCTORAS SUICIDAS. ENCASQUETADOS


Nos encontrábamos preparando la partida, acampados en un llano rodeado de suaves colinas surcadas por caminos que las marcaban como las cinchas a los caballos, firmes a la tierra, esperando a que las conquistáramos.
No eramos un grupo numeroso, pero en cambio, nuestro adiestramiento había sido el mejor. Ante la inminente movilización no necesitábamos ni siquiera un escudero que nos ayudara. Prestos al primer toque ya habíamos protegido las partes de nuestro cuerpo más débiles: los hombros, los codos, espaldas y lumbares, así como las piernas y rodillas, envueltos en una especie de armadura, cada cual destellando con variados colores, como si tratáramos de identificarnos con las marcas de nuestras heráldicas. Sin olvidarnos de nuestros pies, enfundados, prietos y firmes, punto de apoyo y de equilibrio sobre nuestra montura.

En formación ya estábamos, héroes de ronca sonoridad, jinetes contra el viento, conquistadores de la línea del horizonte, moteros naturalmente y detrás nuestro cinco mil años de historia que nos revelaban la imperiosa necesidad de proteger nuestra cabeza. El legado de nuestros héroes nos dictaba su consigna: su cabeza no era tan dura como su tenacidad, su determinación y sus convicciones, de modo que yelmos, celadas y cascos se convertían en la caja fuerte de sus valores, de su vida en pos de una lealtad asumida. Pero esas no fueron nuestras guerras o quizás podríamos decir que para nosotros carreteras y calles se habían convertido en un campo de batalla que todos los días arrojaban su parte de guerra con el trágico balance de muertos y heridos. Otra contienda al fin y a cabo.
Tras el gesto de colocarnos el casco, en definitiva se esconde el más básico instinto de protección, llevado a la más pura consciencia, a la ejecución de la imitación de los logros de la evolución de Darwin de tortugas, armadillos, puerco espines..., y a la sabia naturaleza que otorga la protección en la cubierta de almendras, piñones, nueces, pistachos..., duros y durísimos de pelar.

Sin embargo, disfrutando ya de nuestra travesía nos hemos cruzado con una raza distinta, con seres excepcionales, “los superheroes”, al parecer fuera de los dictámenes de las leyes de la naturaleza que rigen a los humanos mortales. Su melena al viento, su peinado intocable, su cuerpo de exposición, así es, expuestos a las miradas y al protagonismo y sí, también a los riesgos que sus superpoderes increíblemente podrán esquivar.  Que la fuerza (o la suerte) les acompañe.


Queridos Calados y lectores, no pierdan la cabeza si no es por amor.

Las Gemelas del Sur.