Corazón de piedra. Corazón blando. Corazón de
hielo. Corazón de fuego. Corazón puro. Corazón impío. Corazón sincero. Corazón falso.
Corazón sensible. Corazón insensible. Corazón caliente. Corazón frío. Corazón
apasionado. Corazón partido.
¿Qué sabe el corazón del ser humano de los
sentimientos que este tiene? ¿Qué saben el ventrículo y la aurícula del amor o
del odio, de la envidia o la generosidad, la rabia o la alegría? Sólo saben de
latidos, de sístoles y diástoles, de funcionar desde que nace hasta que muere el
cuerpo que alberga un corazón en su pecho.
Pero en nuestra infinita soberbia y absurdo
descaro le dotamos de voluntad sobre el cómo somos, el qué hacemos, o el qué
sentimos. El corazón no es la persona, ni siquiera aquella que lo lleva en su entraña.
Ni mucho menos está allí su alma, si es que finalmente tenemos algo así,
entelequia impalpable y quién sabe si ficticia de la que nos gusta pensar que
nos hace ángeles o demonios. Imaginamos el alma e intuimos una forma: la forma
del corazón. El alma, ¡menos mal que la tenemos y que nos separa definitivamente
de la hormiga, del gorrión, del gato, del delfín y hasta del mono, de las
bestias todas y de árboles y flores!. Menos mal que la tenemos.
El corazón, con alma o sin ella, no es el
órgano que ama, ni el que siente, ni por su causa uno es reflexivo o apasionado.
Ninguna flecha lo atraviesa cuando nos sentimos enamorados. Ni se parte si nos
desaman. No está frío, y tampoco arde. No es duro, y no es blando. Ni es bueno
ni malo. Y, claro está, tampoco nos hace buenos y tampoco nos hace malos.
Por eso hoy, y puestos a decir mentiras, no
sé si arriesgadas o piadosas, os traigo este corazón, uno más, por qué no: os
traigo mi corazón de cebolla.
Quizá otro día os enseñe en qué se acabó
convirtiendo esta cebolla cuando dejó de latir entre mis manos…
Será otro día. Paciencia…
