Las mujeres siempre brillan de un modo
especial en ese día. Ella no era una excepción.
Salió a buscarla a la calle. La aguardó
afuera y al llegar se acercó, cuando bajó del coche de su cuñado que a la sazón
oficiaba de padrino y de chofer, la tomó de la mano y se abrazaron, y la vio
perfecta y hermosa, como no podía ser menos en aquella mañana de Marzo: ella
estaba simplemente radiante, exuberante, vibrante y feliz, sobre todo feliz.
Ese día había llegado, y ahí estaban los dos, a la puerta de la iglesia. Él
temblando como un niño en una fría mañana de Reyes, ella segura de sí misma, emocionada de un modo distinto. En su mirada, la certeza de que aquel que la
abrazaba sería ya para siempre suyo. Encaminaron sus vidas y entraron al
interior del entrañable templo, mientras familiares y amigos les seguían,
y el coro entonaba el cántico de entrada.
Todo pasó deprisa. Las canciones
sonaban y enmarcaban los instantes señalados de la ceremonia, el olor a cera caliente y a incienso envolvía todo ascendiendo por las columnas del baldaquino, la luz de las velas titilaba acompasando
su fulgor al agitado latir de sus corazones, el brillo de las lámparas,
lejanas en lo alto, teñía de oro los añejos y maltrechos retablos.
Y de pronto se dijeron sí mirándose a los ojos, tomándose de las manos, entrecortada la voz que apenas alcanzaba a salir de sus emocionadas gargantas. Y todo quedó atado en el cielo.
La conoció pedaleando en bicicleta. Aún hoy
recuerda bien qué le atrajo en ella. Desde entonces los dos han compartido un
largo camino, experiencias y vivencias que vendrían, duras algunas, dulces las
otras. Alegrías inmensas que hoy crecen a su lado, sus hijos. También despedidas obligadas por el
paso inexorable del tiempo. Algunas, las más, felices. Pero también hubo amargas, las menos.
A pesar de tantas batallas y refriegas, de tantos combates que acabaron siempre en derrota compartida, a pesar de tantas rendiciones y de las amnistías, de tantos tratados de paz y acuerdos tras la contienda, de tantas promesas y de las lágrimas, de tantos perdones y de redenciones. A pesar de todo ello, aún hoy, él sabe igual que entonces qué le enamoró de ella, porque es lo mismo que cada mañana siente al verla su lado, en todos y cada uno de los amaneceres que la vida les sigue regalando.
A pesar de tantas batallas y refriegas, de tantos combates que acabaron siempre en derrota compartida, a pesar de tantas rendiciones y de las amnistías, de tantos tratados de paz y acuerdos tras la contienda, de tantas promesas y de las lágrimas, de tantos perdones y de redenciones. A pesar de todo ello, aún hoy, él sabe igual que entonces qué le enamoró de ella, porque es lo mismo que cada mañana siente al verla su lado, en todos y cada uno de los amaneceres que la vida les sigue regalando.
Aquella mañana ambos se juraron amor eterno.
Aquella lejana mañana de Marzo fue el comienzo de una historia que andamos escribiendo todavía. Esta foto fue
una de las primeras que nos hicieron juntos. Luego vendrían muchas más.
Pero esas otras, las que han ido llenando
nuestros álbumes, fuí yo quién las haría.
Va por ti. Porque cada noche me duermo al lado de aquella novia radiante. Porque sabes que cada día despiertas junto a aquel novio tembloroso que te abrazó entonces.
En aquella mañana radiante, en aquella primavera nuestra.
En aquella mañana radiante, en aquella primavera nuestra.
